La juventud es una construcción social reciente, es decir, es una
invención social a partir de la cual, la sociedad ha producido una nueva
categoría existencial y vivencial, los y las jóvenes. Los y las jóvenes tal
y cual los percibimos, entendemos o sufrimos hoy, son producto de la
evolución que ha sufrido la sociedad moderna y capitalista. Sólo a partir
de mediados del siglo XIX, y debido al auge de la burguesía capitalista,
es que comienza a existir un tipo nuevo de sujetos, los jóvenes.
Estos jóvenes, gracias a los logros económicos de sus progenitores,
que han dejado de ser niños, y que no necesitan hacerse cargo
inmediatamente de la supervivencia personal y de sus familias, sino
que han de prepararse, es decir, acumular sabiduría y educación, ensayar
roles, para asumir posteriormente sus obligaciones son quienes,
inicialmente, dan origen a lo que hoy conocemos como la juventud.
Sin embargo, es sólo hasta los fines de la década de los cincuenta,
cuando esta condición de juventud comienza realmente a masificarse,
extendiéndose a los hijos de las clases medias (profesionales y obreros
industriales). Esta juventud, como categoría ampliada, se desarrolla inicialmente en EE.UU. y posteriormente en la Europa de posguerra, en
el período de auge económico que sigue a la reconstrucción de Europa
devastada y, que coincide con uno de los largos períodos de bonanza
económica del siglo XX, que se verá interrumpido solamente con los la
recesión de los años 1973 al 1975 que golpeó particularmente a las
economías europeo occidentales.
Mas en América Latina, se deberá esperar prácticamente hasta
fines de los 60 y principios de los 70 para que se haga extensiva, esta
categoría, a los sujetos juveniles populares, pues hasta ese momento,
la juventud —como categoría social— respondía exclusivamente al
perfil de estudiante universitario. Es gracias a la masificación de la
educación básica y posterior ampliación del acceso a la secundaria, al
crecimiento de las urbes, con su poderosa atracción sobre la vida tradicional
campesina, junto a la masificación de los medios de comunicación,
especialmente la radio y muy posteriormente la televisión, que
se puede comenzar a hablar, de los y las jóvenes como categoría social
amplia. Sin embargo, en esta construcción social de la juventud, como
históricamente se ha dado, han permanecido ausentes, hasta hoy, los
jóvenes rurales, y también las mujeres jóvenes. Ellos no son parte aún,
en su totalidad, de este concepto de juventud, tal y como se lo entiende
en las grandes ciudades urbanas, y que responde más bien al modelo
de varón, urbano y en gran medida estudiante.
La vida del joven transcurre entre las historias que se tejen en la casa y su lugar
de estudio (o de trabajo, si lo tienen). La calle, parafraseando a Winnicott (1996),
se constituye como un espacio transicional cuya realidad no se puede definir
totalmente como un fenómeno subjetivo o como un fenómeno propiamente
objetivo. La calle, entonces, sería un fenómeno transicional, que no pertenece de
forma absoluta a la realidad exterior y tampoco se enclava en la perspectiva
interior del aparato psíquico. La calle representa un campo intermedio en el cual
se desarrollan las experiencias y circunstancias vitales y triviales del sujeto.
Por ello, se puede retomar el concepto de fenómenos transicionales, entendido
como aquello que se utiliza para designar la zona intermedia de experiencia entre
el pulgar y el osito, entre el erotismo oral y la verdadera relación de objeto, entre la
creatividad primaria y la proyección de lo que se ha introyectado, entre el
desconocimiento primario de una deuda (con el mundo exterior) y el
reconocimiento de ésta (Winnicott, 1996).
Justamente eso es lo que propicia la calle: una zona que se mueve entre una zona
de placer y distensión como lo es la Universidad, el bar, el centro comercial, la
cafetería y una realidad constituida por los códigos de la casa.

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